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Es tiempo de buscar cobijo bajo las sábanas de invierno, quedarse absorto frente a las llamas de un fuego crepitante, con una buena taza de chocolate caliente y un par de bombones que endulcen esta época del año. Es tiempo de estar con la familia, pegado a ella para que el gélido frío no separe a quien se quiere incondicionalmente, y sentir el calor de aquellos que tuvieron que cerrar la puerta y marcharse. Sobre todo, es tiempo de dar rienda suelta a nuestros sueños y mantener la esperanza, de aguardar con la ilusión de un niño los regalos del gran protagonista de esta entrada; el que con magia hace realidad todos nuestros anhelos: Papá Noel.

También conocido como Santa Claus, San Nicolás o Viejito Pascualero, su principal nombre es Papá Noel en español. Este anciano entrañable viaja por todo el globo con su trineo para repartir regalos e ilusión a los niños (y a otros tantos ya entrados en edad). Su origen, según MuyHistoria.es, se remonta al año 208 d. C. San Nicolás de Bari, su nombre primitivo, procedía de una familia acomodada asentada en la actual Turquía. Cuando cumpliera la mayoría de edad, San Nicolás heredó una ingente fortuna que decidió repartir entre los menesterosos, los que nunca habían tenido el placer de ver sonreír a la fortuna.

Ya fue en el siglo XIX cuando Washington Irving bautizó a San Nicolás como Santa Claus en su obra Historia de Nueva York. Pese a que en sus primeras consagraciones se le atribuían rasgos distintos a los que actualmente asociamos a la figura de Papá Noel, el poeta Clarke Moore fue quien divulgó la principal labor de Santa, la de repartir a diestro y siniestro regalos para los niños. Por último, fue Thomas Nast quien modeló la figura del San Nicolás que hoy conocemos y veneramos tanto en Navidad.

Sin embargo, las tradiciones que se circunscriben a este personaje que mora en una caseta de madera perdida entre la nieve nacarada y el frío intenso no eran comunes en España. Solo se conocía a este entrañable anciano por los anuncios de Coca-Cola. Mas es ahora, con la llegada de la globalización, cuando todos los niños escriben con presura al rey de las nieves para que cumpla sus sueños, unas semanas antes de enviar su carta a los Reyes Magos.

Es en el mundo angloparlante donde se incardina esta tradición antediluviana. Santa Claus, Father Christmas, Saint Nicholas, Saint Nick, Kris Kringle o, coloquialmente, Santa son algunos de los nombres que se asocian a este personaje, fundamental y venerado por cualquier nativo inglés que se precie.

Por su parte, en Francia se le conoce como Père Nöel o Papa Noël, donde, además de cargar con un gran saco de regalos, tiene un gran peso cultural para con la Navidad.

En alemán, al igual que en el resto de los idiomas que ya se han mencionado, se han acuñado varios nombres para aludir al anciano de barba blanca y corazón cándido. Weihnachtsmann (literalmente, «el hombre de la Navidad») es el término que, por antonomasia, se emplea en Alemania. Sin embargo, también encontramos el Nikolaus (San Nicolás) originario o, incluso, Samichlaus en la variante suiza del alemán.

Asimismo, los italianos emplean Babbo Natale, mientras que los portugueses acuñaron el término Pai Natal.

El único idioma europeo que parece despuntar en cuanto a originalidad es el polaco, en que se habla de Święty Mikoł.

Pero ¿y en idiomas con una cultura más remota? Por ejemplo, en chino no existe ningún equivalente cultural. Sin embargo, sí que encontramos una traducción cuanto menos curiosa: 圣诞老人 (shèngdàn lǎorén). La primera parte compositiva del término, shèngdàn, significa «Navidad», la cual tiene una pronunciación similar al «Santa» inglés. Si a su vez la subdividimos por caracteres, 圣 significa «sagrado» y 诞 «nacimiento». La Navidad es, por tanto, «la época del sagrado nacimiento» a ojos de la cultura china. La segunda palabra, lǎorén, significa viejo (téngase en cuenta que, al contrario de las connotaciones despectivas del español, dicho adjetivo suscita respeto y reconocimiento en China). Así pues, Papá Noel es «el viejo de la Navidad». 

Sea como fuere, llámese como se llame y nos hayamos portado como es debido o no, hemos de seguir creyendo en la magia de Papá Noel y en la Navidad. Solo el que espera con los ojos cerrados, a duermevela, puede vislumbrar los regalos de Santa Claus. Solo hace falta no perder la esperanza que brinda el espíritu navideño y, tal vez, la ayuda de unos tantos elfos. ¡Feliz Navidad!